Mi experiencia con Dios
Para relatar cómo ha sido mi
experiencia con Dios hasta la fecha, tendría que atrasar un poco el tiempo
hasta cuando era un poco más pequeña. Siempre tuve cercanía a las cosas del
Señor en general porque mis padres eran pastores de una iglesia.. Desde pequeña
se me enseñaron muchas cosas, entre ellas tuve mi primera impresión de lo que
era Dios como entidad. Lo veía como una figura compleja, pero presente en mi
vida. Yo creería que se debía a que, porque en ese entonces, la idea que tenían
las iglesias, o más bien los padres, sobre cómo debería enseñársele la cercanía
con Dios a un niño no era del todo la más adecuada.
Se solía recurrir mucho al
miedo para que los niños pudieran tener algún tipo de iniciativa para acercarse
a Él. En muchos casos, se hablaba más del castigo que del amor, y más de las
consecuencias que de la comprensión. Incluso muchos niños de mi edad le tenían
pavor, como si fuera una figura que ofreciera más temor que paz. Dios era
presentado como alguien que siempre estaba observando para corregir, juzgar o
castigar, y no tanto como una presencia que acompañara o protegiera. Esto hizo
que, desde muy temprano, la relación con Dios se sintiera más como una
obligación que como un espacio de confianza.
Creo que mi sentido crítico
se desarrolló prematuramente, porque en cuestión de unos pocos años, me había
rebeldice por así decirlo, y empecé a cuestionar muchas ideas que tenía de Dios
y de las creencias que se me habían impuesto. No era una rebeldía abierta o
evidente, sino más bien interna. Comencé a hacerme preguntas que no siempre
encontraba cómo responder, y muchas de esas preguntas tampoco parecían tener un
espacio dentro de la iglesia o del entorno en el que me encontraba.
Prefería creer por
convicción real, antes que por costumbre, y por un tiempo fui bastante
escéptica acerca de ese tema. Me parecía incoherente decir que creía
simplemente porque así me lo habían enseñado, sin sentirlo de verdad. Incluso
llegué a considerar el ateísmo como una opción razonable, como una postura
lógica frente a mis dudas. Sin embargo, adentro de mí, siempre había algo que
me decía que Él existía. Aunque intentara negarlo o ponerlo en duda, esa
sensación no desaparecía del todo.
Más adelante, por
experiencias de la vida que escapan de mi lógica y razón, puedo decir que Dios
es real. No se trató de una sola experiencia concreta, sino de varias
situaciones que, al mirarlas en conjunto, me hicieron replantear mi forma de
pensar. Momentos difíciles, decisiones importantes y acontecimientos
inesperados empezaron a tomar un sentido distinto cuando los observaba desde
otra perspectiva. Fue ahí cuando empecé a sentir que no estaba sola y que había
algo más guiando mi camino.
Hoy puedo decir que Dios ha
sido una guía para mi vida. Es mi cuidador y consejero. Puede que no me hable
como una persona de carne y hueso, pero sí me guía de maneras que todavía no
soy capaz de comprender al cien por ciento. A veces esa guía se manifiesta en
oportunidades, otras veces en obstáculos que con el tiempo entiendo que eran
necesarios. No siempre comprendo el porqué de las cosas en el momento, pero con
el paso del tiempo muchas respuestas empiezan a aparecer.
Algunos podrían llamarlo
suerte o quizás probabilidad. Pero yo estoy convencida de que tantos eventos no
podrían suceder de la manera en la que sucedieron sin tener un patrón o una
guía que los manejara. Para mí, no todo es coincidencia. He aprendido a confiar
más, incluso cuando no entiendo completamente lo que está pasando. Mi relación
con Dios hoy no está basada en el miedo, sino en la confianza y en la
experiencia personal.
Siento que mi fe ha cambiado
con el tiempo, que ha madurado y se ha vuelto más consciente. Ya no se trata de
creer porque sí, sino de creer desde lo vivido, desde lo cuestionado y desde lo
aprendido. Sé que todavía me quedan muchas preguntas y que no tengo todas las
respuestas, pero también sé que mi experiencia con Dios ha sido una parte
fundamental de quien soy hoy y de la forma en la que enfrento la vida.
A los niños y jóvenes que
crecieron en un entorno similar al mío, rodeados de religión y de una imagen de
Dios basada principalmente en el miedo, les diría que es válido cuestionar y
sentir confusión. No están mal por hacerse preguntas ni por dudar de aquello
que les fue enseñado desde pequeños. La fe no debería nacer del temor, sino de
la comprensión y de una conexión genuina que cada persona construye a su propio
ritmo.
También les diría que no se
sientan culpables por alejarse por un tiempo si lo necesitan. A veces es
necesario tomar distancia para poder entender qué creemos realmente y qué cosas
solo aceptamos por costumbre o presión. Buscar respuestas, dudar y replantearse
las creencias no significa perder la fe, sino intentar construir una más
honesta y consciente.
Creo que cada experiencia
con Dios es distinta y profundamente personal. No existe una única forma
correcta de creer, ni un solo camino para acercarse a Él. Con el tiempo, es
posible transformar una relación basada en el miedo en una relación basada en
la confianza, el entendimiento y la paz.
Tambien creo que cada uno tiene su tiempo y su momento, asi como escrito esta en la biblia, historias de grandes hombres y mujeres, que tuvieron su momento, en el cual fueron llamados para cumplir su propósito. Por eso no siento que sea necesario adelantarse o obligar. Tampoco creo que sea bueno tener un estilo de vida incoherente a la ética y al autocuidado. Pero si creo que, mientras tu quieras creer y lleves una vida saludable, Dios te llamara a la obra en cualquier momento. No se trata de ser una persona perfecta, si no que de verdad se tenga una conexión genuina con lo que creas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario